IV Encuentro Ecología y Educación (1)


José Luis - Posted on 14 November 2015

Durante el 24 y 25 de octubre se volvió a celebrar en Madrid el IV Encuentro de Ecología y Educación que quedó abierto a través de esa puerta maravillosa en forma de palabras que nos regaló Carmen Valle, profesora de inglés:

Introducción: Educar para el empoderamiento

Estamos aquí para reflexionar sobre lo que significa educar para el empoderamiento, para que podamos ser más sujetos de nuestro devenir. No puede existir empoderamiento sin construir una sociedad más justa con todos sus habitantes y con el medio ambiente que nos rodea. Tenemos que construir también una educación muy creativa porque vamos a necesitar todas las neuronas de las generaciones que estamos formando si queremos tener alguna posibilidad de salir de esta. En este momento nuestra reflexión tiene que abarcar necesariamente lo social y lo político, no solo porque la escuela actúa siempre como una caja de resonancia de conflictos y problemas más amplios de los que no puede aislarse, sino porque está en juego nuestra propia supervivencia como especie.

Antes de empezar, me gustaría llevaros en un viaje rápido por el tiempo y por el espacio.

Estamos viviendo en una encrucijada, como pequeño país post-imperio fracasado, post-dictadura bien lograda, post-transición fallida, debido a la esperanza de un verdadero cambio político en el horizonte. También parece que estamos en un punto de inflexión como Europa, como unidad política, porque la llegada masiva de personas refugiadas nos devuelve una imagen de nosotros mismos que muestra rasgos de esa peligrosa indiferencia ante la suerte de otros compañeros humanos que empieza a oler un poco a fascismo. Y por último, nos encontramos en una disyuntiva como sociedad global, por el cada vez más evidente agotamiento de este modelo que destruye Naturaleza y produce unos pocos ricos cada vez más ricos y muchos pobres cada vez más pobres. En este momento hasta las llamadas economías emergentes, como Brasil, China o India, han entrado en un estancamiento o han frenado su crecimiento, y no parece que haya suficientes Juegos Olímpicos u otros grandes eventos capaces de reanimar a tales gigantes.

Podríamos tener una impresión de apocalipsis, de estar al borde de una debacle, escuchando noticias de una tragedia tras otra. Pensar que todo se va a ir al garete es una de las posibles narrativas sobre el cambio, una de las formas en que buscamos explicarlo y comprenderlo, en este caso una narrativa sencilla y pesimista pero bastante compartida por mucha gente. Otras maneras posibles de explicar las transformaciones son una visión cíclica, a imagen de los ritmos de la Naturaleza, o la noción del progreso lineal que caracteriza al capitalismo.

Hace unos años, con ocasión de un viaje por Latinoamérica, descubrí un libro sobre el origen del arte precolombino. El autor, Terence Grieder(1), había analizado meticulosamente los restos arqueológicos de las diversas culturas indígenas del continente americano para postular, sobre la base de esa evidencia, que el continente se pobló en lo que podemos llamar tres oleadas que cruzaron por el Estrecho de Bering, aunque cada una de ellas habría durado miles de años.
La primera de estas oleadas estaba compuesta por grupos de cazadores-recolectores, de los que aún sobreviven algunos en la cuenca del Amazonas. Eran sociedades bastante horizontales y con una relación muy directa con todo lo que les rodeaba, todo imbuido de lo sagrado.
La segunda oleada eran culturas agrarias, con deidades femeninas centradas en el culto a la fertilidad.
La tercera oleada sería lo que podemos llamar altas culturas, como la inca, la azteca y la maya, caracterizadas por la elevada estratificación social y sofisticados sistemas de creencias, con sacrificios humanos a dioses que vamos a llamar de orientación masculina, siguiendo la terminología de la feminista chicana Gloria Anzaldúa(2), dioses situados ya en un plano superior.

Si nos acercamos a estas tres oleadas como a un espejo, veremos que a quienes más nos parecemos es a las altas culturas: en nuestra sociedad las diferencias de clase, de estatus y de acceso a recursos son enormes y crecientes; poseemos además un sistema de creencias sofisticado que nos lleva a pensar que la posesión de determinados objetos nos proporciona belleza, mayor altura o felicidad. Vivimos los afectos y a menudo casi todas las emociones a través de la mediación de cuatro, o cinco, pantallas: ordenador, tablet, móvil, televisión y videoconsola. Ellas nos proporcionan la ilusión de empatía y vínculos humanos cuando los trabajos precarios y la escala de nuestras ciudades nos impiden mantener una sociabilidad de piel y tiempo compartido. (A este respecto cabe recordar que el antropólogo Marvin Harris descubrió que quienes dedican más tiempo a la sociabilidad y los afectos eran grupos de cazadores-recolectores del sur de África).

¿Tenemos dioses? Lo más sagrado para nosotros como sociedad es la satisfacción de nuestros deseos infinitos, así que nuestro dios se podría llamar Narciso y tendría la cara de cada uno y cada una de nosotros. Sus sumos sacerdotes, quienes administran nuestro grado de satisfacción de deseos, serían economistas y políticos, y también habría otro tipo de sumos sacerdotes, los llamados productores de contenidos, que moldean y educan nuestros deseos. Nuestro dios es un dios de orientación masculina, sin ternura ni humanidad, es un dios neoliberal.

Como buena alta cultura, practicamos sacrificios humanos por medio de la ejecución de mujeres díscolas, seguida a veces de la auto-inmolación ritual del oficiante del sacrificio. Nuestras élites mantienen guerras casi constantes a la búsqueda de nuevos recursos y territorios.

Como en las altas culturas, nuestras élites practican también formas de esclavitud con personas extranjeras, en general en países del Sur global, que producen para nosotros en condiciones infrahumanas y a quienes llamamos inmigrantes cuando consiguen llegar a nuestras fronteras.

La crisis del sistema capitalista neoliberal nos ha llevado a lo que la escritora india Arundhati Roy llama "la privatización de todo"(3), lo que designa el proceso de apropiación por parte de las élites de recursos públicos, en especial de los recursos naturales, como nuestro reciente impuesto al sol. Aunque los capitalistas predican la libre competencia, el libre mercado y todo eso, se sienten mucho mejor cuando juegan con ventaja, cuando pueden comerciar y lucrarse con algo por lo que no han tenido que pagar un precio justo. Por eso, de manera creciente, mantienen oscuros contubernios con políticos cómplices, dirigen sus ganancias a lugares libres de fiscalidad o crean fundaciones corporativas, que les permiten además redirigir los fondos evadidos para formular políticas de su agrado en sus países de origen y por todo el mundo, a veces gracias a un entramado de ONG que han ido llegando a ocupar el espacio vacío que ha dejado la retirada gradual del Estado y la dejación de sus funciones tradicionales.

Ante este panorama, ¿qué hacer como sociedad? Volver atrás sería tentador, tal vez por la nostalgia que nos produce un pasado no vivido y que por lo tanto seguramente idealizamos.
Por cierto, eso, según Santiago Alba Rico(4), sería la premisa básica del ISIS o Daesh, una política de tierra quemada, de volver a una imaginada pureza primigenia por el expeditivo método de cargarse lo existente y comenzar de cero. Quizá el paisaje tan árido del desierto favorezca esa ilusión de vacío desde el que empezar a crear, pero creo que todos podemos poner en duda la cordura de tal empresa.

¿Cuál podría ser en nuestra cultura el equivalente de esa búsqueda del origen para empezar de cero? Podemos imaginar la vida ideal de los grupos de cazadores-recolectores, en perfecto equilibrio con su medio: cazando o pescando lo que necesitan para vivir, ajenos al principio capitalista de acumulación. Resulta tentador, pero el Amazonas u otros lugares igualmente fértiles están muy alejados, por desgracia. La agricultura nos queda más cerca, sobre todo en forma de amigos y amigas neo-rurales y sabemos de las dificultades para sobrevivir en ese medio, para crear alternativas económicas viables que garanticen una mínima supervivencia. Incluso aunque no fuera tan arduo, no constituye una opción para el conjunto de la sociedad. No podemos irnos todas y todos al campo.
Eso significa que tenemos que pensar muy bien qué elegimos y que rechazamos de lo que existe, de lo que nos rodea, de forma que mantengamos nuestro horizonte de justicia planetaria, de libertad de decisión. Estamos aquí para pensar juntas sobre posibles opciones, posibles caminos a seguir. Escucharemos sobre algunas alternativas y proyectos ya en marcha, a menudo construidos en medio de enormes contratiempos.

Dediquémonos a la escucha, a la reflexión compartida y a la construcción de alternativas con esa intensidad y radicalidad que, según el filósofo esloveno Zizek(5), en las últimas épocas han caracterizado más a la derecha que a la izquierda. Rescatémoslas como necesitamos rescatar una noción de justicia que vaya más allá de la mera equidad y que no solo abarque a los seres humanos sino a todos los seres que pueblan este malhadado planeta. ¿Podemos tener algún principio que nos sirva de guía en esta reflexión? Si miramos a gentes que ya están embarcadas desde hace tiempo en su propio proceso de empoderamiento, como los compas zapatistas, vemos que ellos aplican un criterio sencillo: "Abajo, a la izquierda". Si miramos desde abajo, a la izquierda, si trabajamos desde abajo, a la izquierda, creo que no nos equivocaremos.

Disfrutad del Encuentro.
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(1) Terence Grieder, Origins of Pre-Columbian Art, Austin, University of Texas Press, 1982.
(2) Gloria Anzaldúa, Borderlands. La Frontera, Madrid, Ed. Capitán Swing, de próxima aparición.
(3) Arundhati Roy, Espectros del Capitalismo, Ed. Capitán Swing, 2015.
(4) Santiago Alba Rico (con Mohammed Arkoun y Javier Barreda), El Islam Jacobino, Hondarribia, Hiru Argitaletxea, 2002. Ver también http://www.cuartopoder.es/tribuna/2015/03/01/el-estado-islamico-y-la-ten...
(5) Slavoj Zizek, Repetir Lenin, Madrid, Ed. Akal, 2004.

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